No hay nada más molesto en esta vida que tener que cobrarles a las personas, y no es porque me pese hacerlo, sino por las reacciones que muchas de éstas tienen. Algunas se molestan, te insultan, otras desaparecen como por arte de magia y muchas otras simplemente te dicen que no tienen para pagar y que le hagamos como queramos. ¿Qué clase de respuestas son esas? Parece que se les olvidó cuando tuviste que darles de tu dinero, uno que no te sobraba pero por querer ayudar lo diste de buena gana (porque si lo vas a dar de mala gana, mejor ni lo des) y ahora debes soportar estas actitudes.

Siempre hay una gota que derrama el vaso. Hace un par de días me sucedió y es cuando decidí que nunca más iba a prestar dinero a alguien que no fuera de mi núcleo familiar, es decir, mis padres o mis hermanas. No importará si son tíos, primos, sobrinos, amigos de la infancia, mi mejor amigo, simplemente me negaré a hacerles un préstamo. Pero permítanme contarles lo que sucedió y ustedes dirán si exagero o tomé la decisión correcta.

En los próximos días me mudaré a Estados Unidos, dejaré mi amado México para buscar el sueño americano. La verdad es que me voy porque me ofrecieron un gran puesto allá y con un sueldo muy atractivo, que me permitirá darle una buena vida a mi esposa e hija. Estaba buscando alguna agencia inmobiliaria que me pudiera conseguir una casa en San Diego, California, para lograrlo busqué ‘houses for sale in Chula Vista’ en Google, donde encontré una buena agencia que rápidamente encontró mi hogar idea, sólo faltaba conocerlo directamente y empacaría mis cosas para partir. Antes debía cobrar algunas deudas, para estar más tranquilo en cuestiones económicas. Les cobré a todos los que me debían y la mayoría me pagó al conocer mi situación, uno me explicó que no había logrado salir de su mala racha pero que en las próximas dos quincenas me liquidaba, lo cual acepté. Pero fue cuando le pedí el dinero a un compañero del trabajo que me molesté.

Mi compañero se había metido en problemas que tenían que ver con apuestas y faldas, por lo que para salir del apuro tenía que desembolsar cierta cantidad. Ninguno de sus conocidos quiso ayudarlo y tuvo que recurrir a mí, su jefe directo. Seguro que no fui su primera opción, pero alguien tenía que ayudarlo. Lo pensé mucho, pero estaba tan desesperado que sentí lástima y lo ayudé, tomando dinero de donde no debía. Logró salir sin problemas y me dijo que en cuanto tuviera el dinero completo me lo pagaría. Pasaron cinco meses y aún no veía mi efectivo. Después de haberle hecho como 25 llamadas y sin obtener respuesta, contestó, fue cuando tranquilamente le expliqué mi situación, que me iba y debía tener un colchón para mi familia. Su respuesta fue: “Jefe, parece muerto de hambre. Como si le faltara el dinero. Yo sé que le debo, pero ahorita no tengo. Déjeme de marcar, yo me comunico con usted cuando tenga, y no sé cuándo voy a tener”.

Su respuesta me hizo hervir la sangre y actué impulsivamente, me comuniqué con mi exjefe, el CEO de la organización donde estaba y le comenté la situación. No sé qué medidas habrá tomado, pero recibí una parte del dinero antes de irme y la promesa de recibir el resto en las próximas tres quincenas. Algo es algo, dicen por ahí. Pero aprendí que ya no debo exponer mi dinero de esa forma.